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ARRAS 2021

Crítica: The Racer

por 

- Kieron J. Walsh se acerca al ciclismo profesional, siguiendo a un gregario en el crepúsculo de su carrera y mostrando lo que no se ve de un equipo muchas veces tóxico del Tour de Francia

Crítica: The Racer
Louis Talpe e Ian Glen en The Racer

“La victoria pertenece al mensajero que disimula mejor el dolor”. Con esta cita del campeón de ciclismo Eddy Merckx empieza The Racer [+lee también:
entrevista: Kieron J. Walsh
ficha de la película
]
, de Kieron J. Walsh, proyectada en la sección Découvertes européennes del 22º Festival de Arras. Pero en el reino de “la pequeña reina” y en su castillo más famoso, el Tour de Francia, la la autosuperación inherente a las características casi sobrehumanas exigidas por el más alto nivel de los “esclavos de la carretera” ha surfeado a menudo (de Simpson a Armstrong, pasando por Pantani y tantos otros) sobre un oleaje medicamentoso adulterado para dar más carburante a la caldera de las piernas y avivar el fuego para conducir más rápido y por más tiempo.

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Desde la perspectiva de lo “gregario”, de lo doméstico, este compañero encargado de proteger a su líder, de llevarle sus latas de repostaje, de protegerlo del viento, e incluso de propulsar hacia la línea de llegada bien en su lugar en el famoso “tren” de los velocistas, la película analiza a fondo el funcionamiento interno de un equipo de alto nivel mundial en plena época de dopaje generalizado con EPO, en 1998, durante las tres primeras etapas del Tour de Francia, en Irlanda. Un análisis complementado por la problemática del fin de la carrera profesional que acecha al protagonista, Dominique Chabol (el belga Louis Talpe), antigua gran promesa de su deporte convertido a los 38 años en capitán de carretera del equipo Estrange, y “niñera” (de día y de noche) de su líder, Lupo "Tartare" Marino (Matteo Simoni).

Para Dom, empieza la cuenta regresiva, y en la víspera de la salida, la incertidumbre planea sobre la renovación de su contrato. Un crepúsculo que lo remueve por dentro (“el ciclismo es mi profesión. Sin bicicleta, no soy nada ni nadie”) en secreto, mientras su hermana le informa del fallecimiento de su padre y él renuncia a asistir al entierro porque “es el Tour” y, quizás, sea el último. Sumido en la vida cotidiana ritualizada del equipo (comidas, etapas, hoteles, sesiones de transfusión ilícitas, despertarse angustiados en plena noche y activarse rápidamente para evitar una trombosis provocada por la EPO, juego del gato y del ratón para engañar a los controles antidopaje, etc.), Dom oscila entre estados de ánimo paradójicos, rodeado por un viejo demonio (su viejo cómplice y amigo, el cuidador Sonny, encarnado por Ian Glen) y un joven ángel (la atractiva doctora Lynn Brennan —interpretada por Tara Lee— con quien tiene una aventura). Y una idea le hace cosquillas: ¿sería capaz de salirse de su papel de compañero de equipo modelo para ganar una etapa?

Simple y eficaz, The Racer (cuyo guion fue escrito por Ciaran Cassidy, Kieron J. Walsh y Sean Cook), es una película que documenta muy bien los meandros de un universo deportivo que superpone una máquina ultra jerarquizada (con sus diferentes piezas humanas) y una especie de familia con sus afectos, sus momentos compartidos, sus recuerdos comunes y sus secretos (incluidos los menos bonitos). Un pequeño mundo cerrado de entusiastas semejante a un circo itinerante y donde no se hacen regalos, pero del que el cineasta expone sus excentricidades sin hacerse nunca el moralista, sabiendo hacer entrañables a todos sus personajes y dando un aspecto creíble al espectáculo del pelotón surcando la carretera.

The Racer ha sido producida por la irlandesa Blinder Films con los luxemburgueses de Calach Films y los belgas de Caviar Films. La británica Independent gestiona las ventas internacionales. Epicentre Films distribuirá la película en Francia el 22 de junio de 2022.

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(Traducción del francés)

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