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IFFR 2021 Competición Big Screen

Crítica: Les Sorcières de l’Orient

por 

- Julien Faraut revisita con una exploración muy creativa de las imágenes de archivo la trayectoria emblemática de un excepcional equipo de voleibol femenino japonés

Crítica: Les Sorcières de l’Orient

“¿Nosotras, brujas? Al principio nos sorprendió. Pero nos recordaron que las brujas tenían poderes sobrenaturales. De repente, modestia aparte, ese nombre nos venía bien”. En el mundo del deporte, nos gustan las estadísticas y las epopeyas de equipos dominantes, invencibles, míticos. Entre 1960 y 1966, las chicas del club de voleibol de la fábrica Nichibo Kaizuka, tan buenas que también eran la selección nacional de Japón, establecieron un récord a batir: 258 victorias consecutivas. En Les Sorcières de l’Orient [+lee también:
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, Julien Faraut narra esta aventura colectiva fuera de lo común y símbolo de un país en reconstrucción. La película se estrenó en FIPADOC y esta semana se ha proyectado en la sección Big Screen del 49º Festival de Róterdam. El director francés, que dota a su nuevo documental de la misma originalidad que su trabajo anterior, Buscando la perfección [+lee también:
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, dedica a estas mujeres, a estas deportistas, toda su atención y muestra una ciencia exacta de la narración cinematográfica mezclando archivos de TV, un manga (Attack n°1, de Chikako Urano) y testimonios de algunas jugadoras.

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Katsumi “la cafetera”, Yoshiko “la soñadora”, Kinuko “paï – azulejo de mahjong (fallecida el pasado diciembre)”, Yoko “limonada” y Yuriko “pez luna”. En adelante, abuelas septuagenarias u octogenarias, unidas por vínculos indisolubles; cinco mujeres que comparten una comida y evocan los recuerdos de una juventud sorprendente en el mundo del deporte de alto rendimiento, una historia de autosuperación, de solidaridad y de victorias que las llevó al oro olímpico y que también pertenece a Masae “caballo” y a Sata “Achako”, ya fallecidas, y a Emiko “la hiperactiva” (ausente por motivos de salud).

Reclutamiento a la salida del instituto por la usina textil Nichibo, donde trabajan como obreras desde las 8 de la mañana, seguido de largas sesiones de entrenamiento intenso hasta media noche (los balones brotan como balas de metralleta para ser recibidos hasta el agotamiento con volteretas inspiradas en los muñecos Daruma) bajo la supervisión del entrenador Daimatsu (apodado “el demoño” por la prensa, y que sobrevivió a la selva birmana durante la Segunda Guerra Mundial), gira de tres meses con los colores nacionales por Bulgaria, Rumanía, Polonia, Checoslovaquia y la Unión Soviética (“las jugadoras extranjeras nos parecen extraordinarias”), campeonato del mundo de 1962 en Moscú: las victorias se suceden y “el equipo de Nichibo Kaizuka es el mejor del mundo. La historia podría terminar ahí. Pero el voleibol se convierte en disciplina olímpica y, para Japón, las Brujas valen oro”.  

La presión es enorme puesto que Tokio ha sido elegida para organizar los Juegos Olímpicos de 1964 (los primeros retransmitidos por satélite); una forma de cerrar el paréntesis de la guerra, de convertir el evento en el broche de oro de la reconstrucción de Japón, de mostrar al mundo una nueva cara. Nuestras simpáticas heroínas tienen más responsabilidades además de los partidos: son las abanderadas del honor y del futuro de todo un país (que justo antes de la final de voleibol sufrió la humillación de ver al holandés Geesink ganar en judo). Y aunque Sports Illustrated describía entonces su entrenamiento como “una experiencia impactante debido a su extremo esfuerzo. Entrenan seis días a la semana, 51 semanas al año. La mirada perdida y siniestra del entrenador da escalofríos”, la película de Julien Faraud muestra lo contrario al ofrecer (mediante una narrativa simple en su ejecución deportiva, y a la vez muy sofisticada, ingeniosa y enérgica en el plano del montaje y de la música) el apasionante retrato de la emblemática fortaleza colectiva de estas mujeres entrañables que golpean todos los balones hasta marcar el punto ganador.

Les Sorcières de l’Orient ha sido producida por William Jehannin para UFO Production (que también vende la película) en asociación con el INSEP (Instituto Nacional de Deporte, Experiencia y Rendimiento).

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(Traducción del francés)

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