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CPH:DOX 2020

Crítica: Bitter Love

por 

- Y la nave va en la cautivadora película de Jerzy Sladkowski, aunque sin el rinoceronte de Fellini

Crítica: Bitter Love

Bitter Love, de Jerzy Sladkowski, estrenada en la sección principal de CPH:DOX, empieza prometiendo un combo desagradable: nuevos amigos, “nuevos amores” y globos por todas partes. Encontraremos todo esto y mucho más en un crucero ruso llamado Maxim Gorky, que está a punto de descender el Río Volga. Estas promesas atraen a sus alegres pasajeros, más interesados en solucionar sus vidas que en disfrutar de unas simples vacaciones, iniciando nuevas relaciones tan pronto como se abren las cabinas.

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Es difícil no pensar en The Cruise, la película de Marek Piwowski, de 1970, un verdadero fenómeno en su país, Polonia; pero Bitter Love es más melancólica (un alcohólico pensativo para ese alegre bebedor) por su estiramiento ocasional al aire libre. Con sus pequeñas catástrofes unidas a las ardientes notas que toca un pianista, más centrado en su trabajo que en su novia cantante, parece un poco pasada de moda. O al menos detenida en el tiempo, ya que han pasado varios años y las mujeres siguen llevando el mismo peinado (quizás porque en esta cubierta, los cambios más esperados llegan lento, si es que llegan). De hecho, lo único que desean es un “un hombre que sepa cuánta azúcar le echas al café”. Sin azúcar, negro. 

Muchas interacciones se desarrollan en grupos pequeños, o entre dos personas igual de perdidas, que parecen tan falsas frente a la cámara como después, recreadas para el cotilleo de sus compañeros de viaje. Los pasajeros observan a los afortunados, ansiosos de pavonearse ante un nuevo amante, por muy corta que sea la interacción, o compartirlo todo con un compañero de cabina al que acaban de conocer. El término “drama a pequeña escala” adquiere un nuevo significado cuando el alojamiento parece una lata de sardinas, pero a Sladkowski no le importa el espacio limitado. Al contrario: escucha a escondidas a un adivino (una presencia útil si uno quiere librarse de esa maldición de por vida) o anima peleas ya existentes con su presencia, como la de una pareja, incapaz de resolver un problema de “barba”. Como dicen ellos, a veces se necesita más que un recorte. 

A partir de ese momento, el viaje se vuelve más nostálgico, con más canciones, más bebida y más drama grabado de forma cercana y personal, con un Sladkowski que aparta la mirada sólo para echar un vistazo a través del cristal manchado de una claraboya, acompañado por ese pianista incansable y una sensación desoladora de que el tiempo pasa y las vidas cotidianas siguen igual. Esta falta de desarrollo es una parte frustrante (concedido) pero muy reveladora de la película, ya que en casi todo el metraje parece que la esperanza no puede hacerte olvidar las decepciones pasadas. Y la nave va.

Bitter Love ha sido producida por Antonio Russo Merenda, de la compañía suiza Ginestra Film (que también gestiona las ventas), Ulla Simonen, de la finlandesa Made, y Lucyna Kowalska, de la polaca Ragusa Film.

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(Traducción del inglés)

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