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PELÍCULAS / CRÍTICAS España

Crítica: Te quiero, imbécil

por 

- Laura Mañá retrata con humor la desubicación del hombre heterosexual contemporáneo, confundido entre sus valores arcaicos y las nuevas exigencias sociales y, sobre todo, sentimentales

Crítica: Te quiero, imbécil
Quim Gutiérrez en Te quiero, imbécil

¿En qué consiste la tan cacareada “nueva masculinidad”: En vestir a la moda hipster como aseguran las revistas de tendencias, tatuarse medio cuerpo como David Beckham y depilarse hasta el entrecejo al modo de Cristiano Ronaldo? A partir de esta “existencial” premisa, la cineasta y actriz Laura Mañá (La vida empieza hoy [+lee también:
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) aborda el asunto de la confusión que puede sufrir un enrocado macho tradicional en este mutante siglo XXI con su película número seis, Te quiero, imbécil [+lee también:
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, en el fondo una comedia romántica de corte clásico que consigue lo que busca –hacer reír– más que cuestionar abiertamente, por ejemplo, la maquinaria comercial que se camufla tras esas campañas pretendidamente sociales que “venden” su eficacia al hombre (hetero) que aspira a ser “moderno”.

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Porque se trata del típico film de chico conoce a chica pero al principio no se aclaran, no se gustan (eso creen), pero al final… bueno, ustedes ya saben. El tonto del título está interpretado por Quim Gutiérrez, actor especializado en encarnar a chicos confundidos e inmaduros: basta verle haciendo de torpe súper héroe de barrio en El vecino (leer crítica), la serie de Netflix que Nacho Vigalondo presentó en la última edición del Festival de Gijón. El catalán encarna aquí y ahora a Marcos, a quien abandona su novia, despide su jefe y, nuevamente sin pareja, tiene que regresar a dormir a casa de sus padres, cuando se encuentra varado en medio de la treintena. Vamos, que se ve empujado a volver al “mercado”, con lo que eso supone de puesta al día.

Para esa ardua tarea de “reseteado” integral le ayuda su amigo Diego (Alfonso Bassave), un “empotrador” de manual que, por supuesto, le inicia en el mundo Tinder. Ahí comienza un desfile de citas miopes, a cada cual más desastrosa (aliñadas con algún chiste poco afinado: ¡señores guionistas, que ya vimos Juego de lágrimas!), acompañadas de la consiguiente necesidad de apuntarse al gimnasio, cambiar de look y buscar ayuda en la sacrosanta Biblia millennial: Internet, donde triunfa un gurú de la autoayuda argentino (un Ernesto Alterio tan delirantemente descocado como en Lo dejo cuando quiera [+lee también:
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). Mientras Marcos está “súper liado” con tan dura tarea de superación, se cruza casualmente en su camino –¡bendita serendipia!– Raquel (Natalia Tena), una antigua compañera de instituto, patito feo entonces que ahora luce melena teñida de alegres colores, toca música descalza y usa la misma talla de ropa –neo hippie– que Diane Keaton en Annie Hall.

No vamos a seguir aireando el argumento de esta trama fílmica sencilla, coyuntural y eficaz (comercialmente), ambientada en la fotogénica Barcelona, con el ritmo de un one-hit wonder ochentero (su duración no alcanza los 90 minutos: ¡bravo!) y –sospechosos– guiños a la insuperable serie Fleabag y al mil veces imitado gag del orgasmo fingido de Cuándo Harry encontró a Sally. Menos mal que un final de fiesta que apela a la sensibilidad, sinceridad y franqueza aletargadas de ciertos “machirulos” salva este producto que quizás logre, aunque sea durante unos minutos, justo a la salida del cine, que alguno de ellos cuestione cómo son sus relaciones con los demás, especialmente con ese otro sexo que ya no tolera ni chiquilladas ni, mucho menos, actitudes cavernarias.

Te quiero, imbécil, con guion escrito por Iván Bouso y Abraham Sastre (ambos con carreras en la televisión a sus espaldas), es una producción de Brutal Media, Minoria Absoluta, Lastor Media, y Yo hombre la película, AIE. Cuenta con la colaboración de RTVE, TV3, Netflix e Institut Català de les Empreses Culturals (Generalitat de Catalunya). De su distribución y ventas se encarga Filmax.

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