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SAN SEBASTIÁN 2019 Competición

Crítica: Thalasso

por 

- Guillaume Nicloux continúa El secuestro de Michel Houellebecq estirando la ocurrencia con Gérard Depardieu y ciertos logros cómicos, pero sin conseguir nada nuevo

Crítica: Thalasso
Michel Houellebecq y Gérard Depardieu en Thalasso

En 2014, el cineasta francés Guillaume Nicloux sorprendía en la sección Forum de la Berlinale con El secuestro de Michel Houellebecq [+lee también:
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, un juguete en forma de falso largometraje documental hecho con dos piezas explosivas: un secuestro y Michel Houellebecq. El controvertido escritor francés, responsable de obras como Las partículas elementales, La posibilidad de una isla o El mapa y el territorio, se prestaba para escenificar (o ser objeto de) un rapto por parte de un núcleo familiar de delincuentes tan desconcertantes como entrañables. La idea se ramificaba para acabar resultando en un curioso y divertido retrato de lo absurdo de la realidad, filtrada a través de la presencia del escritor, magnética y repelente a partes iguales, que exponía su visión de las cosas mientras el director se mantenía a una distancia prudente para no caer ensimismado de su personaje.

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Cinco años después, a Nicloux le apetece volver a divertirse con la misma idea, y esta vez se muestra más desprejuiciadamente dispuesto a correrse una juerga con el novelista, y por ello invita a su colaborador habitual Gérard Depardieu, otro personaje inclasificable –quizá el único igual de magnético y repelente que el primero–, a unirse a la fiesta en un balneario en la costa atlántica francesa. ¿Qué puede salir de tal cóctel? Thalasso [+lee también:
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, una continuación de la ocurrencia del director que se estrenó en Francia el pasado mes de agosto, y el 67° Festival de San Sebastián ha tenido a bien seleccionar para su competición por la Concha de Oro.

Pues bien, con todos estos ingredientes, la película presenta un menú, cuando menos, divisivo. Tras un prólogo extraído de la historia de la película anterior, un salto temporal nos lleva a la situación que nos ocupa: Houellebecq ha sido ingresado en un balneario de talasoterapia para llevar a cabo una serie de tratamientos de bienestar que le ayuden a recuperar la salud que ha perdido en su vida de excesos y despreocupaciones. Nados en piscinas, masajes y procesos de crioterapia nos regalan momentos cómicos, y nos llevan hasta su encuentro con nada menos que Depardieu, mientras ambos se escapan para fumar un cigarrillo, algo prohibido en el establecimiento. Los unen también otros intereses: beber vino a escondidas del personal, despotricar en su contra, y mantener conversaciones reflexivas y arrogantes sobre la verdad, la muerte, Dios y las actrices con las que se acostó el otrora atractivo actor.

Nicloux da verdadero comienzo al artefacto narrativo al introducir en la película a los antiguos secuestradores de Houellebecq, ya que la matriarca del clan ha desaparecido y ellos están convencidos de que él tiene algo que ver. Esto acaba erigiéndose como el centro de la película, algo que quizá acabe constriñéndola, exponiendo un cierto vacío en su concepción original: ¿por qué juntar a tales personalidades volcánicas para acabar relegándolos a un segundo plano? Quizá para pasarse un buen rato juntos, y ya.

Ese “buen rato” permite al espectador pasarlo bien con ciertos momentos humorísticos como los protagonizados por un usuario del balneario que confunde obstinadamente al escritor con otro (Yann Queffélec), (un doble de) Sylvester Stallone que se pasa por la aburrida rutina de los protagonistas u otro usuario que se acerca a la pareja para espetarles bien alto que son “la vergüenza de Francia”. Y quizá no mucho más.

La cinta ha sido producida por Les Films du Worso, y la vende al extranjero Wild Bunch.

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