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SAN SEBASTIÁN 2019

Crítica: Una ventana al mar

por 

- Emma Suárez protagoniza este drama dirigido por Miguel Ángel Jiménez, centrado en los últimos días de vida de una mujer que viaja a una isla griega, donde encuentra la libertad

Crítica: Una ventana al mar
Emma Suárez en Una ventana al mar

Bilbao, en el País Vasco español, y la isla de Nisyros, en el mar Egeo (Grecia), son los escenarios donde transcurre Una ventana al mar [+lee también:
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, nuevo largometraje de ficción dirigido y coescrito (junto a Luis Moya, como ya hicieron en Ori [+lee también:
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) por el cineasta madrileño Miguel Ángel Jiménez, que interpreta Emma Suárez, aquella madre sufriente de Julieta [+lee también:
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, la penúltima película hasta la fecha de Pedro Almodóvar, y presentado en la Gala EITB del 67° Festival de San Sebastián. La luz plomiza y grisácea de la ciudad vasca, al comienzo del film, transmite el momento vital de María, la protagonista: una mujer de 55 años a quien diagnostican una enfermedad terminal; antes de ingresar en un hospital para recibir un fuerte tratamiento médico, decide emprender un viaje siempre soñado con dos amigas (y sus respectivas parejas) a Atenas. Pero allí las chicas se escapan a una isla lejana, sin los hombres, para vivir más intensamente el sentimiento de complicidad y camaradería que las une.

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Dicho pequeño, luminoso y humilde paraíso se llama Nisyros. Las mujeres disfrutarán allá de unas horas de travesuras hasta que aparezcan sus hombres, que dinamitan la intimidad que estaban alcanzando las mujeres en sus playas y rincones. Por eso María, en una escena decisiva de la película, se dirige hacia sus amigos y, sin que la vean, antes de llegar a donde están ellos, decide darse la vuelta, se suelta el pelo y se pone a explorar la isla. A partir de ahí se queda sola en la isla, recorriéndola a bordo de una motocicleta, encontrando lugares fascinantes y entrando en contacto no sólo con el entorno de intensas luces y colores, sino también consigo misma y con su libertad.

Y mientras su hijo, desde Bilbao, no cesa de llamarle preguntando dónde está y por qué no vuelve a casa, ella tendrá la oportunidad de vivir un último amor, generoso y cálido, que le ayudará a ser feliz en el tramo final de sus días. Previamente hemos asistido a una conversación crucial entre las amigas: una de ellas dice “Nunca tendremos la vida que creíamos que íbamos a tener cuando éramos jóvenes” y María le responde “Tal vez algunos sí: los que se atreven, quienes no tienen miedo”.

Miguel Ángel Jiménez no ha tenido miedo a la hora de tratar un asunto tan delicado como el de su película, con la sombra de la muerte acechando a su protagonista. Tampoco ha querido hacer una postal paradisíaca de Grecia, sino mostrar su lado más sencillo, auténtico y humano. Ha empleado las elipsis y los silencios para esquivar los momentos duros de la enfermedad, y de este modo no empujar al público a soltar lágrimas ante la difícil situación que vive su protagonista. Por todo ello, Una ventana al mar acaba siendo una película que no se va por derroteros tristes y lastimeros, sino que destila esperanza y emoción.

Una ventana al mar es una producción de la española Kinoskopik Film Produktion y la griega Heretic, junto a la también española Gariza Films. De sus ventas se ocupa la agencia Heretic Outreach y de su distribución en España, Filmax.

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