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TORONTO 2019 TIFF Docs

Crítica: Paris Stalingrad

por 

- La directora francesa Hind Meddeb firma un documental humanista y comprometido sobre la vida de los migrantes sin techo atrapados en la trampa de las calles parisinas

Crítica: Paris Stalingrad

“El exilio es mentiroso, se ríe de ti con sus bonitas avenidas iluminadas (…) Se ríe de que estés herido, equivocado, enfermo o agotado. Te quita las ilusiones. Cuando el fuego de la pobreza te devora, el miedo reina en tu vida”. Para los migrantes que viven en la calle en el documental Paris Stalingrad [+lee también:
tráiler
ficha del filme
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, de Hind Meddeb, presentado en el programa TIFF Docs de la 44ª edición del Festival de Toronto, después de haberse estrenado en Cinéma du réel, la torre Eiffel queda muy lejos, al final del horizonte, bajo un cielo gris.  

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“Las batidas de la policía en los campamentos de refugiados son cada vez más frecuentes y más violentas (…) ¿Qué hacemos cuando nos convertimos en testigos de una política abiertamente hostil hacia los extranjeros? Yo decido grabar para guardar una prueba, para mostrar lo que ciudad inflige a los recién llegados”. Estamos en el verano de 2016 en la capital francesa y la voz en off de la directora nos acerca al tema de los migrantes que se amontonan en el barrio de Stalingrad en una maraña de tiendas o en cartones sobre el asfalto. Después de haber abandonado su país en contra de su voluntad y de haber llegado a París al final de un periplo peligroso (“alguien sin problemas no vendría aquí. Nadie dejaría a su padre y a su madre para venir aquí a dormir en la calle y vivir en el sufrimiento. Nadie arriesgaría su vida atravesando el desierto y el mar”), se encuentran atrapados entre la espada de la policía, que destruye sus viviendas precarias, y la pared de las administraciones casi inaccesibles (la obligación de registrarse para presentar una solicitud de asilo es una odisea). En medio de este caos, la labor de los voluntarios que intentan aconsejar, distribuir comida o encontrar un alojamiento de urgencia parece una gota de agua en el océano. Pero a pesar de este sentimiento profundo de ser indeseables y de verse tratados como animales, los migrantes resisten, unidos, y mantienen la fe (“Hemos perdido la ilusión. No hay un día sin humillación en Europa. ¿Y qué dice tu corazón? Te implora que resistas”), como el sudanés Souleymane, de 18 años, que escribe poemas y lleva viajando desde los 13 años. Trabajó en las minas de oro del macizo de Tibesti, entre Chad y Libia (“si reclamas tu salario, te dicen que eres un esclavo y te matan”). Un exilio parisino que continuará en solitario en Nacy hasta que en octubre de 2006 el Estado francés decide “poner a salvo” a las 4000 personas censadas en los campamentos de Stalingrad. La ciudad de París se erige detrás de varios kilómetros de alambrada para disuadir a los campistas (“últimamente el centro de la ciudad invita a defender las fronteras”).

Paris Stalingrad alterna la cámara directa propia del reportaje, secuencias de Souleymane deambulando por la ciudad al ritmo de sus poemas y una voz en off que completa la información; pero no descubre nada nuevo sobre el vagabundeo urbano de los migrantes. Sin embargo, el documental ofrece una voz comprometida, sin filtro, empática y rigurosa sobre las esperanzas y la vida cotidiana de estos marginados en medio de una “ciudad de la luz” que sigue su vida como si nada con la bendición de los poderes públicos, que trasladan esta miseria al norte de la capital. Además, como subraya la directora, “desde la primavera de 2017 y por primera vez en su historia, el Estado francés deporta a Sudán, Afganistán y Somalia, países donde la vida de los deportados corre peligro”.

Paris Stalingrad ha sido producida por Echo Films y Les Films du Sillage.

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(Traducción del francés)

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