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PELÍCULAS / CRÍTICAS

Crítica: Dolor y gloria

por 

- La película número 21 de Pedro Almodóvar, con Antonio Banderas convertido en un clónico del autor de Hable con ella y Todo sobre mi madre, supura intensas emociones de su propia vida

Crítica: Dolor y gloria
Antonio Banderas en Dolor y gloria

Hace años, en un viaje, el periodista que firma estas líneas conoció a un vecino del pueblo donde Pedro Almodóvar había crecido y escuchó de su boca hechos (de los que aquél fue testigo) que reflejaban cómo la infancia del ganador de dos Óscar no fue lo dichosa que todo niño merece: aquellos acontecimientos, imaginé, podrían formar parte que una película –tal vez de un documental serio y respetuoso– sobre su vida, que ayudaría a su numeroso público a conocerle profundamente, más allá de los destellos de su biografía que se vislumbran en La ley del deseo y La mala educación [+lee también:
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. Pero el propio Almodóvar se ha adelantado y, en su vigésimo primer largometraje, titulado Dolor y gloria [+lee también:
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, ofrece aspectos de su existencia de los que aún no había hablado, con su realidad inoculando su ficción,  reencarnado en el personaje de un director de cine en crisis que interpreta Antonio Banderas.

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Así, los primeros minutos de la película, con Banderas en modo Tu cara me suena –vistiendo idénticas ropas de colores vivos y el cabello con el mismo alboroto, imitando gestos del autor de Volver [+lee también:
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–, desconciertan al espectador, quien se puede preguntar por qué Almodóvar se retrata así: ¿por rencor, para saldar deudas con el pasado, como terapia o testamento, por falta de ideas, como acto de reconciliación…? Algunas de ellas podrían ser sus motivaciones profundas a la hora de desnudarse emocionalmente de una manera tan intensa, con la pertinaz tristeza por sentirse distinto, incomprendido y fuera de lugar recorriendo Dolor y gloria.

Porque, ciertamente, hay mucho más dolor que gloria en el nuevo largometraje del manchego, un cineasta que aquí –como en su anterior trabajo, Julieta [+lee también:
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– se olvida del humor brillante y la pasión desatada de los más festivos y torrenciales títulos de su filmografía y opta por una narración serena, calmada y contenida –y a veces colindante con el aburrimiento– que salta en el tiempo y de la meta ficción a la auto ficción para introducir al espectador hasta en su propio domicilio madrileño o en la intimidad de su familia, despojada aquí del gracejo y costumbrismo que tanto nos divirtió en, por ejemplo, La flor de mi secreto.

Así, este retrato cala poco a poco en el ánimo del respetable y éste acaba sucumbiendo a su extraño –y turbio– hechizo, con algún momento luminoso que remite al cine más sexy de su carrera: ahí están, para corroborarlo, las escenas de Leonardo Sbaraglia. Almodóvar incluye un diálogo en Dolor y gloria en el que el protagonista (Antonio como espejo de Pedro) se pregunta cómo sus películas pueden tener éxito en lugares tan alejados de España y su peculiar idiosincrasia como, por ejemplo, Islandia. Es un misterio que los estudiosos del séptimo arte deberán dilucidar, pero de momento Dolor y gloria entusiasmará a los fans de Pedro y provocará desinterés al resto del público (sobre todo español).

España, donde se estrena este film antes que en el resto del mundo, siempre ha sido banco de pruebas de sus películas, y ésta, por su tono y temática, puede correr la misma suerte que Julieta, que apenas recaudó en salas poco más de dos millones de euros y fue vista por sólo 355.256 espectadores. Eso no evitará que, como ya apuntan algunos visionarios, se alce por fin con la Palma de Oro –que tanto se le ha resistido hasta la fecha– del próximo Festival de Cannes, cuyo jurado presidirá otro cronista del bajón: Alejandro González Iñárritu.

Por último, señalar que, sobre esa tristeza que recorre el film y ese exceso de verborrea de unos personajes que explican demasiado (como hace el propio director cuando presenta cada película), Dolor y gloria se proclama, sobre todo, como un agradecido poema de amor al cine: la gran pantalla blanca salvó a aquel niño sensible de un entorno hostil y, décadas más tarde, ayudará al artista maduro a sobreponerse de las adversidades de la salud, los errores y el tiempo. Con esta película, Pedro Almodóvar ha filmado su particular Ocho y medio felliniano, aunque su mirada estaba puesta en Arrebato, de Iván Zulueta, donde el cine no sólo era adicción, sino la vida misma.

Dolor y gloria, rodada en El Escorial, Madrid y Paterna (Valencia) y que incluye en su metraje piezas animadas creadas por Juan Gatti, es una producción deEl Deseo D.A. S.L. y El primer deseo, A.I.E.. Cuenta con el apoyo del ICAA y la participación de RTVE. Se estrena el 22 de marzo en España, distribuida por Sony Pictures Entertainment Iberia y su agente de ventas internacional es la estadounidense FilmNation Entertainment.

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